En memoria

Morrigan era un gato color estropajo, rescatado de la bolsa en donde los cadáveres de su madre y hermanos de camada estaban sumergidos en el agua helada de la laguna. Él era el último. Soportó toda la noche parado sobre el cuello de su madre para no hundirse.

Con un par de semanas de vida, sobrevivió a la neumonía y la desnutrición. Y su huesuda presencia cedió paso a un gato de ojos amarillos lleno de energía, que cuando se asustaba corría a subirse al cuello de quien tuviera más cerca.

Oso era un perro enorme, un ovejero negro mezclado con un par de generaciones de mestizos. Sus ojos mansos eran exactos. Cuando Morrigan se contemplaba en ellos, la ternura del gran pastor se expresaba en un sonoro lengüetazo que dejaba al gato engominado desde la garganta hasta la nuca. Y a la hora de la siesta Oso debía quedarse muy quieto para que Morrigan se acomodara sobre su lomo. Y sin embargo, se sabe que la dicha es breve en este mundo.

Una luna serena dominaba aquella noche. La brisa helada de un invierno prematuro hacía que los colores temblaran. Oso había permanecido todo el día sobre una manta, bajo el techo del zaguán, como venía haciendo las últimas semanas. No había tocado su comida pero sí había bebido un poco de agua. Dormía. A las 11 de la noche recordé que justo hacía un mes exacto que Morrigan había sido atacado por un perro callejero, y que a esa hora ya estaba muerto. Como si Oso también acabara de recordar la tragedia, lanzó un aullido profundo, como de lobo anciano, y luego enmudeció. Fui a verlo, y me encontré con que había caminado hasta la puerta donde Morrigan había caído en las fauces del callejero. Pero esta vez era el cuerpo de Oso el que se había quedado inmóvil, con los ojos abiertos hacia la luna.


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