De los pañales a las nubes
Los labios agrietados realmente causaban molestia, y la cabeza, todavía con muy escaso pelo, aunque embutida en dos gorros, parecía ser una antena diseñada para atraer las ráfagas más heladas. “Mira, señorita, ¡ya se ve la cumbre!”, la animaba una de sus acompañantes esa mañana blanca, con 15 grados bajo cero. “¡Es increíble! Y llámame Tere, porfa”, le respondió, jadeante.
El hielo crujía bajo la presión de las botas embutidas en crampones, el viento se estrellaba en el abrigo y los pantalones acolchados, en tanto que el polvo de nieve se metía en la nariz cuando la sed obligaba a descubrirse el rostro y beber unos sorbos de agua helada. Al inicio de la escalada era agua caliente en el termo que su mamá había marcado con su nombre, como en la escuela. Era la manera de decirle que aceptaba su decisión de ascender el Huayna Potosí, montaña nevada de 6090 metros de altura enclavada en el altiplano boliviano.
Días atrás, cuando comunicara a su familia su decisión de escalar esta montaña, sonaron las sirenas de “reunión de emergencia, todos a la sala ¡ahora!”.
—No estás para estas cosas, hija. ¡No hagas locuras! —empezó la retahíla de consejos familiares la prima Aida, más por decir algo que por convicción. Tere, sentada en el sillón, como un acusado, guardaba silencio, rascando el almohadón.
—¡Pero es que tú no valoras todo lo que hemos sufrido por ti!— clamó a su turno la tía Felipa, siempre sufriendo por alguien.
Su hermano mayor, Jes, que se hacía llamar así para sobrellevar el cristiano nombre de Jesús que su abuelita había escogido para él, opinó que “si ha salido viva del hospital, que es donde estadísticamente la gente se muere más, es seguro que no le pasará nada en la montaña”. Así Jes le hacía un guiño a la legendaria complicidad entre hermanos.
Su madre, sentada en el sofá frente a Tere, le clavó tal mirada que parecía querer evaporarlo. Pero le tocaba el turno de pronunciarse.
—No voy a permitir que vayas, punto —declaró, tajante.
A continuación, un silencio amenazador hizo que todos huyeran a sus propias ocupaciones. Tere no se movió. Parecía que se batirían en duelo madre e hija.
—¡No te has curado para ir a matarte en una montaña! —vociferó su madre al tiempo que se ponía de pie como un resorte.
—Ma, sabes que no me he curado. Y no voy a ir a morirme en una montaña, para eso está el hospital —dijo esto último en la creencia de que era gracioso.
—¡No hables a así! ¡Tú no tienes consideración por mí! —se dejó caer en el sofá al pronunciar estas palabras, cubriéndose el llanto con las manos.
Tere estaba hastiada de ver llorar a la gente, así que se levantó y, antes de retirarse a su cuarto, comunicó con calma:
—Ma, voy a ir igual. Y voy a volver.
Bien, la Tere, tan consentida, tan minúscula, había sobrevivido, por ahora, a la leucemia, herencia atávica de la familia paterna. Su propio papá había sucumbido hacía un par de años. Hasta solo 4 meses atrás, antes de ocupar una cama en el hospital Obrero de la ciudad de La Paz, vivía en la tibia inconsciencia de una chica de 20 años que no alcanzaba a comprender la dimensión de su tragedia. Se le estropeó la típica indiferencia adolescente cuando las enfermeras le acomodaron un pañal. Esa noche lloró de rabia, de vergüenza, de odio. Luego, para mayor escarnio, le raparon la cabeza. Con violencia, todo la empujaba a involucionar a la etapa de bebé calva y meona que había sido al nacer. Recordaba que en una película, a los niños los dejaban semidesnudos y desarmados en el desierto, con el único fin de evaluar si sus ganas de vivir se correspondían con su valentía. Al respecto, Tere opinaba que lo mejor era dejarse morir porque era fácil; en cambio, el sacrificio de sobrevivir llevaba al absurdo círculo de seguir sacrificándose para seguir sobreviviendo. ¡Toda una tontería! Sin embargo, en el hospital, Tere había puesto pie en su propio desierto, y esta nueva realidad la dejó paralizada, igual que al niño de la película empezando a notar, asombrado, lo solo que estaba y el miedo que sentía.
Después de dos meses de espantosa quimio, Tere tuvo tiempo de tomar alguna decisión. Primero, era urgente autodesagraviarse por la humillación de los pañales y la cabeza pelada, demostrar(se) que aún podía hacer algo decente de sí misma, así flaca y cancerosa como estaba. Entonces, como a propósito, se le cruzaron en la TV las fantásticas “cholitas escaladoras”, mujeres indígenas conquistadoras de cumbres nevadas, y vivían allí mismo, en La Paz. “Cuando algo cuesta y se logra, gusta más”, exclamaba contundente una de ellas al concluir su entrevista. Para Tere fue una epifanía, la receta dictada desde el cielo para tratar un mal peor que la leucemia. Y es que aún no había vuelto de su destierro en el desierto, pero empezaba a intuir el camino.
La cumbre de hielo de la montaña recibió al grupo de mujeres como una amiga difícil, de esas que hay que ganarse. Pero la conquistaron, y celebraron dando breves brincos y gritos de júbilo que el viento estrellaba en la niebla. En un arranque de algarabía, levantaron a Tere en andas, y literalmente quedó suspendida entre las nubes, riendo. Se contuvo las lágrimas, por consejo anticipado de las expertas compañeras: “Si lloras, las lágrimas se van a congelar en tus lentes”. Así es como Tere llegó a la cima, aunque solo ella supo que en realidad había vuelto, desde su desierto, a casa.
Dejó su huella todavía en las cumbres del Illimani, de 6438 metros, y del Sajama, de 6542. Para su epitafio pidió que se escribiera “¡Me gustó vivir!”. Las “Cholitas escaladoras” esparcieron parte de sus cenizas en el majestuoso Huayna Potosí.
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